Las vidas no vividas

Viviría en una cabaña rodeada de naturaleza salvaje.

Foto: The Cabin Chronicles

 

Cortaría leña, encendería el fuego nada más levantarme y me bañaría desnuda en el lago o en el río. Tendría un avioncito rojo de ala alta y ruedas anchas aparcado en la puerta. Llevaría paquetes, enfermos y turistas con ganas de empaparse de belleza. Llevaría las uñas de las manos pintadas y me peinaría poco o nada. Tendría una escopeta, un caballo y una pick up oxidada en la que cargar los repuestos, el combustible, las provisiones y la leña. Tendría un perro enorme y peludo con nombre de actor de Hollywood durmiendo a los pies de mi cama. Clint o Paul se llamaría. Tendría pocas cosas, muchos libros y sólo una pantalla. Y pasaría los días así, volando y leyendo. Paseando por el bosque a caballo o con mi perro.

Sí, podría vivir esta vida.

 

Exploradora.

Tiger Moth

La National Geografic Society me encargaría expediciones a lugares remotos, podría cartografiar la zona detalladamente. Cruzaría selvas, navegaría los ríos y haría fotografías aéreas de la zona desde mi Tiger Moth de cabina abierta. Todas las noches acamparía y me dormiría leyendo con el crepitar del fuego, soñando qué me depararía el día siguiente. Remitiría informes puntualmente a la sociedad de mis progresos, pero confieso que estaría tentada muchas veces de perderme.

Sí, podría vivir esa vida.

 

Vocalista de un grupo de rock.

Tina Turner

 

Negra, a ser posible y con uno de esos vozarrones que sale desde el centro mismo de la tierra. Cómo debe ser eso de subirse a un escenario frente a miles de personas, que bailen tus canciones, que se las sepan, que tus letras les hayan acompañado, que se hayan emocionado con ellas y que las canten a pleno pulmón en los silencios que tú dejas en mitad de la canción. Pensaría el vestuario y la coreografía de cada actuación detalladamente. Me dejaría caer encima de la masa de gente, cantaría en el Royal Albert Hall de Londres, en el Luna Park de Buenos Aires, en el Radio City Music Hall de Nueva York y en la plaza de toros de Las Ventas.

Sí, podría vivir esa vida.

Arqueóloga submarina.

Galeón Utrech, Salvador de Bahía.

Perseguiría la sombra de cualquier barco hundido, en cualquier lugar del mundo. Investigaría durante meses su historia: el itinerario previsto, su cargamento, los vientos y mareas de aquel día fatídico. Y lo encontraría. Con un equipo de historiadores, arqueólogos y buzos encontraríamos el pecio escondido durante siglos y con todo el respeto y delicadeza que merecen los restos hundidos, le devolveríamos la gloria perdida, contaríamos su historia y así sus protagonistas, de algún modo, volverían a la vida.

Sí, podría vivir esa vida.

 

Escritora.

Estudio de Cornelia Funke

Cómo me gustaría pasarme los días leyendo y escribiendo. Ser capaz de inventar universos, lenguajes, reinos enteros. Dedicar mi vida a ello. Tener un estudio en el que escribir, con las paredes tapizadas de libros, plantas a las que cuidar, una alfombra de lana, una chimenea, un sofá y una mesa enorme de madera en bruto junto a una ventana. Una ventana a un bosque o mejor, un bosque que entre por una ventana. Que vinieran a mi casa personajes de la cultura, de todos lo ámbitos y de todas las edades, cenas y conversaciones eternas de esas que alimentan. Buena música, buen vino y deliciosa comida.

Si, podría vivir esa vida.

Pero como dice Sabina, si me dan a elegir yo escojo la de la piloto coja, sin un cruzado, capitana de una nave que lleva por bandera el amor al cielo y a la tierra.

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