La vuelta a América en unas cuantas librerías

Me pierden las librerías.

No lo puedo evitar, más que cualquier otra cosa, cuando llego por primera vez a una ciudad, busco la que ha de ser mi librería favorita.

Hay muchos posts sobre librerías y más hoy que es el día, pero estas las he pateado todas, son mis favoritas.

Nueva York : Mac Nally & Johnson.

Prince Street, en pleno Soho. Tiene una cafetería decorada con libros colgando del techo, repleta de newyorkinos absortos en sus teléfonos. Muy buena sección en castellano, bastante surtido de poesía y libretas, lápices y todos esos accesorios para los freaks, del leer y escribir, como yo. Me gusta el espacio que tienen abajo para presentaciones de libros, muy acogedor.

Boston: Brattle

Me encanta el patio adosado a la librería. Las paredes están pintadas con lomos de novelas y tienen libros de segunda mano. Cómo me gustan los libros usados… me imagino otras manos pasando las páginas, otros dedos señalando, me imagino otros suspiros y otros llantos ahí encerrados. Paso por las páginas no sólo leyendo el texto sino buscando además, las huellas de los anteriores lectores, en una labor detectivesca tratando de averiguar qué sentían al pasar sus ojos por esas mismas letras.

Chicago: Myopic Books

La encontré por casualidad, también es de libros de segunda mano. Me gusta el caos que reina en esas estanterías llenas a rebosar. Suelos de madera, paredes tapizadas de libros, alfombras, mesas, ventanales… siento que me he colado sin permiso en el salón de una mansión victoriana, lo prohibido siempre sabe mucho más rico.

Cartagena de Indias: Ábaco.

Me pirra que las librerías tengan cafetería. Me siento a ojear unos cuantos ejemplares para ver cuáles serán los elegidos. Siempre son más de los que pensaba, siempre vuelvo con algo imprevisto, me gusta dejarme aconsejar por el librero y dejarme también cautivar por el amor a primera vista. Soy una lectora anárquica y compulsiva que compra más de lo que podría leer en tres vidas. Podría morir sepultada bajo libros y que esas historias y personajes se fundieran con la tierra y conmigo en un viaje eterno, infinito.

Montevideo: Puro Verso.

No puede ser más bonita. Con una escalera de caracol, estanterías de madera y tarima que cruje al andar, tarima de verdad, como todo lo que hay en Uruguay, que es un país de verdad y no de plástico como tantos otros. Un salón en el piso superior, justo al lado de la sección de poesía, donde uno puede sentarse a mirar por la ventana y dejarse envolver por la atmósfera lánguida y decadente del país con forma de corazón.

Buenos Aires: Eterna Cadencia.

He querido conocerla solo por el nombre. No me equivocaba. A veces pasa eso con las personas, con los libros, con los lugares, ya solo el nombre promete.

Es como a mi me gustan: suelos y estanterías de madera, con una lámpara de araña preciosa colgando encima una de las mesas. Pero lo mejor de la librería es Benita, se pasea por la tienda como por su casa y si te sientas en el sofá a leer, se tumba a tu lado. Cuando te levantas a ojear otro libro ella también se va, en busca supongo de un nuevo cliente favorito junto al que acurrucarse.

Hay otras librerías muy bonitas en Buenos Aires, pero no tienen a Benita. Está Ateneo, en un antiguo teatro, preciosa, espectacular, pero mi favorita es esta, Eterna Cadencia, más pequeña, muy acogedora y con un patio precioso en el que puedes comer al aire libre.

La Habana: Plaza de armas.

En La Habana, más que una librería, lo que me gusta es ir a esta plaza, al final de la calle Obispo y charlar con los libreros cubanos deseosos de empaparse de cualquier cosa que provenga del mundo exterior. No solo hay libros, hay todo tipo de objetos preciosos: relojes antiguos, espejos, pitilleras… Te recomiendan escritores nacionales y poetas latinoamericanos. Aquí además de los libros de ediciones antiguas, lo que me gusta es la charla que es infinita. Siempre recomiendan los mismos volúmenes, los mismos autores todos hispanoamericanos. Nunca faltan José Martí, Padura, el Che, Cabrera Infante, García Márquez, Carlos Fuentes y un sinfín más.

México: El Péndulo.

Los libros serpentean por el suelo como una oruga contra la pared. Me llama la atención que muchos ejemplares a la venta están forrados y algunos volúmenes disponen de muestra, como si fuera un perfume. Puedes abrir el libro, olerlo y si te gusta, quedártelo. Se puede desayunar rico y esconderse en una terracita del primer piso a tomar un café, también se pueden comprar regalos originales de diseño, cuando no sabes qué regalar siempre aparece algo que puede encajar. Me gustan las librerías que no solo son librerías, que son refugio, que son algo más.

Madrid: Amapolas en Octubre.

Madrid no está en América pero nos une un cordón umbilical como si de madre e hijo se tratara. No se muy bien quién es la madre y quién es el hijo.

Una librería casa, en la que uno entra y se siente en un hogar. Todo es culpa de Laura, la librera, antigua azafata que ha colgado el uniforme, para cumplir su sueño, después de muchos años surcando los cielos. Ha leído todo lo que vende y no solo sabe aconsejar, sabe hacer hogar. Allí puedes sentarte en el Chester (algún día tendré un Chester) escribir una carta y charlar, esas cosas para las que hace tiempo que ya no tenemos tiempo. Hay club de lectura, flores frescas y encuentros con escritores, el sueño de cualquier lector. Larga vida tengas!

El próximo post, será de garitos, prometido, que también hay que alimentar el cuerpo, no solo el espíritu.

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