Un día cualquiera, un lugar cualquiera

Como un torero antes de salir al ruedo pero sin rezar, dejo todo preparado la noche anterior.

El uniforme colgado por fuera de los armarios, los galones puestos. Mi boli pequeño y mi lápiz pequeño en el bolsillo izquierdo, el cacao de labios en el derecho. Limpio los zapatos y les saco brillo, como si los Reyes Magos los fueran a inundar de caramelos. Relleno los botecitos de gel, suavizante y champú, los de los hoteles me estropean la piel y el pelo.

Preparo un par de libros: algo de ensayo o algo de novela según en lo que ande inmersa y siempre, siempre, algo de poesía que leo a modo de píldoras de felicidad extrema.

Ropa para salir a cenar, algo para pasear y ropa de deporte. Una mochila por si voy de excursión y un bikini que no ocupa nada, nunca se sabe. Dejo hueco para comprar, siempre cae algo: libros, ropa para los cachorros, vino, fruta, carne.

La noche antes actualizo las tablets, mi iPad personal y la Surface de la compañía, miro el tiempo. Me gusta cuando en medio del verano vuelo hacia el invierno austral, es una tregua a los calores, un breve tiempo de recogimiento y cuando en pleno invierno vuelo hacia el verano, el sol se convierte en un regalo inesperado que recibo con los brazos abiertos.

Siempre me voy contenta a volar y siempre vuelvo a casa contenta. Nunca digo que me voy a trabajar, tengo la bendita suerte de dedicarme a lo que me apasiona, he alcanzado el Ikigai (razón de ser) que llaman los japoneses, donde combino lo que amo, con lo que se me da bien, con algo que es es útil a la sociedad y por lo que encima me pagan, no puedo tener más suerte.

Cada vuelo es diferente, cada día aprendo algo, así ha sido desde que empecé a volar, veinticinco años atrás. A cada destino le veo algo positivo, siempre encuentro algo atractivo que hacer y si algún día no hubiera nada, el simple hecho de quedarme leyendo en la cama una mañana entera me parece espectacular.

Dejo todo organizado en casa para los días que voy a estar fuera: la compra, la comida, las extra escolares y alecciono a los cachorros para que no bajen la guardia con el estudio en mi ausencia. Quieren saber cuando vuelvo. Si voy a Nueva York me piden chicles de canela, si es México mangos y carne si voy a Buenos Aires o a Bogotá.

De camino al aeropuerto llamo a mi amor, llamo a mi madre y a mi padre, les digo que les quiero.

En el despacho del vuelo analizamos toda la información referente al vuelo: el tiempo en el destino y los alternativos con sus previsiones para las próximas horas, usamos mapas y aplicaciones que nos ayudan, vemos los cambios temporales en los procedimientos o aeropuertos que nos puedan afectar, vemos cuánto pasaje y cuánta carga llevamos, qué tipo de carga, si hay alguna avería en el avión, si el avión o el aeropuerto o la tripulación tiene algún tipo de limitación que nos afecte…. en poco tiempo analizamos mucha información y finalmente tomamos la decisión de cuánto combustible cargar en función de todos esos parámetros, teniendo en cuenta la seguridad y el ahorro.

Mientras tanto la tripulación auxiliar hace su briefing y cuando terminan nos juntamos todos para que en ese acto formal se constituya la tripulación al completo, el equipo que durante los próximos días seremos, aunque no nos hayamos visto jamás, ahora somos algo así como una familia.

Y comienza el concierto.

Mi tripulación el día de Nochebuena de 2017, vuelo a Shanghai

Cada uno tenemos nuestra partitura, podríamos tocar a ciegas, hemos ensayado miles de horas. Perfectamente afinados, coordinados como en la más prestigiosa de las orquestas, interpretamos la pieza al compás que marca el director. Nos miramos entre nosotros, casi como se miran los músicos (nadie se mira como se miran ellos), cada uno sabe perfectamente cuando entra su solo, cuando tiene que guardar silencio, cuando tiene que correr para alcanzar al resto. Vamos cambiando el tempo, a veces es andante, a veces allegro. Según avanza el concierto, sorteamos los imprevistos que se van presentando en la función. A veces algún espectador se pone enfermo, a veces hay ilustres invitados en nuestra sala, se rompe a veces también algún instrumento, todo lo manejamos con destreza porque entre todos tenemos muuuuuchas horas de conciertos.

Me gusta hacer una ronda por el avión cuando todos duermen. Todos menos la tripulación. Me gusta recordar lo grande que es la máquina que llevo entre manos y pensar en todas las personas que han puesto su confianza en mí. Me acuerdo de mis padres y del sacrificio que hicieron para que llegara hasta aquí y me siento orgullosa de quien soy, de quienes son ellos.

La escena parece un cuadro de El Bosco o de Brueguel. La cabina de turista es un amasijo de piernas, brazos, cuellos dislocados colgando por fuera del cada vez más exiguo espacio que tienen los pasajeros para pasar doce horas de vuelo.

Me dan ganas de apagarles las pantallas cuando se quedan dormidos, arropar a los destapados, recoger los peluches de los niños del suelo, colocar almohadas y dar algún que otro beso.

A Los de business en cambio les haría cosquillas en los pies que asoman bajo las mantas, les robaría las tarjetas de wifi y por supuesto, requisaría los libros que dejan abandonados en la repisa de sus asientos.

Debo tener alma de Robin Hood.

Durante el crucero comprobamos constantemente que el consumo de combustible es el que debe ser, para detectar posibles pérdidas, comprobamos la meteorología de los aeropuertos que podríamos usar como alternativos en caso de tener una emergencia, comprobamos periódicamente que los instrumentos de vuelo y los sistemas del avión funcionan correctamente y estamos pendientes de los informes de turbulencia reportados por otros aviones o por el control para evitarla en lo posible. Cotejamos todos esos datos con los del plan de vuelo y los apuntamos, es un documento oficial.

Aquí el tempo es lento.

La aproximación se prepara con tiempo. Valoramos muchos aspectos: meteorología en ruta, en el destino y alternativos, calculamos la distancia que necesita el avión para parar con el peso, la temperatura, el viento y la presión atmosférica que tendremos en la toma. A todos los pilotos nos tiene que dar lo mismo. ¿Estará la pista mojada o seca? ¿Hay montañas alrededor? ¿Cuanto combustible necesitamos para ir al alternativo? Valoramos muchas variables que nos pueden afectar y tomamos las decisiones en función de lo más importante: la seguridad.

Todos llegamos reventados pero casi siempre hay energía para una cerveza entre los integrantes de la orquesta.

Cuando estoy en los hoteles, hasta que no amanece no considero que ha empezado el día. Ese rato que pasa desde que me despierto de madrugada hasta que se hace de día es absolutamente mágico. Escucho como la ciudad va despertando, yo me voy despertando con ella, despacio, las dos amanecemos juntas. Duermo con las cortinas abiertas, me gusta empaparme de las luces, del mar o del bullicio de las calles. A veces abro los ojos y compruebo que todavía es de noche, qué placer… me doy la vuelta y duermo otro poco más, esas prórrogas de sueño que combino con ratos leyendo me saben a gloria bendita.

Un poco de lectura acurrucada bajo el edredón, un poco de deporte, ducha, desayuno, sobremesa, un rato de conversación y me echo a las calles.

Recados, exposiciones, parques, museos… aunque lo que más me gusta es perderme sin rumbo fijo que es cuando las mejores cosas suceden.

Y por la tarde: salir a cenar prontito, un buen vino y una buena conversación; no me puede gustar más.

Preparo el vuelo de vuelta con el mismo procedimiento pero con una variación: dejo un zapato del uniforme dentro de la caja de seguridad, esto es muy importante, así no me olvido el pasaporte y la licencia dentro.

De vuelta a casa mis cachorros tienen un detector especial para cualquier cosa nueva que entre por la puerta, aunque sea un paquete de chicles, van directos a la maleta, como si fuera un cofre del tesoro. Si les compro algo de ropa, se lo dejo preparado en sus camitas, hasta ahora siempre acierto con la talla y con lo que les gusta, supongo que esto no dudará mucho más.

Añoro esa sensación, este tiempo mágico de las mañanas del largo radio, que en la rutina diaria no existe pero yo lo invoco a mi manera. Llevo a los cachorros al colegio en pijama, me pongo unos tacones y algo encima para disimular, les doy un beso con la ventanilla bajada y me vuelvo a meter en la cama a esperar a que amanezca de verdad. Al principio se extrañaban: mamá ¡¡¡qué haces en pijama!!! Pero ya no me dicen nada. Mi cuerpo está aquí en casa pero mi alma viene todavía de camino por el océano, debe andar por el 40 oeste y se espera su llegada hacia medio día. Cuando los dos se junten, me podré levantar y reincorporarme a la vida. Para cuando salgan del cole ya estaré recompuesta.

La compra, el banco, los setos del jardín y todo lo demás, pueden esperar.

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