Lo salvaje 

-All stations this is Iberia 6251 in the Niamey FIR

 Flight level 360

 Southbound on the Upper Mike 998

Estimate Kano at 0354 UTC

 Iberia 6251

In the Niamey FIR

Así atravesamos África entera, de Norte a Sur desde Argelia hasta Sudáfrica y viceversa, transmitiendo a ciegas en 126,9 Mhz, para que  los otros aviones sepan dónde estamos.
Poco después de cruzar la costa de Argelia ya no se ve nada, las refinerías de petróleo nos escoltan hasta la frontera con Níger y una lenta orgía de estrellas va enciendo el cielo. Abajo, la inmensa nada… ni una luz durante horas en las que ni siquiera se distingue la línea del horizonte. Sobrevolamos Nigeria, Camerún, República Central Africana, Congo,  Angola, Botswana y Zimbabwe hasta llegar a nuestro destino, Johanesburgo.


Recuerdo aquel viaje en el que me crucé África de lado a lado en un camión, desde las Cataratas Victoria hasta Windhoek, UN MES montando y desmontando la tienda. Cada día sucedía algo que me conectaba con la vida salvaje.  Una araña peluda y gigante esperándome en la tienda, una serpiente venenosa saltando a mi canoa en el Okavango, un búfalo que de repente decide darse la vuelta y correr hacia nosotros, volar a cien pies del agua sobre  la costa de los esqueletos en Namibia plagada de barcos hundidos en el desierto, la madre de todas las diarreas de madrugada en medio de la selva, estar a tres días de distancia en canoa de una carretera transitable… El olor, ESE OLOR bestial que no es como ningún otro olor y que llega al mismísimo centro del hipotálamo despertando mi yo primitivo, el color,  ESE COLOR que no es como ningún otro color, de la tierra en el Namib, el frío al amanecer, el calor abrasador a medio día, el hambre, el miedo a que te ataque un hipopótamo o un cocodrilo, todo eso tan salvaje me reconecta con la tierra y con el origen de la vida.


Esta vez es muy diferente,  llego al lodge todavía vestida de uniforme, con la corbata, los tacones y los galones. Nada más bajarme del camión me golpea ESE OLOR , que me resucita después de once horas de vuelo y tres de carretera. Echaba de menos esta tierra, veo que pocas cosas han cambiado, los Toyotas siguen reinando en las pistas de tierra y los leones en la selva.

Sin tiempo para una ducha me enrolo en el safari de la tarde.
– Yellow Wood, any station coming up ? 


Llama el Ranger por la radio antes de bajar por una pista infernal en la que solo cabe un todoterreno, hay que avisar a los otros coches antes de descender, no hay sitio para los dos.

Recorremos los caminos  de tierra en el Toyota abierto mientras el fresco nos despereza y los leones se resisten a aparecer y eso que me he puesto una camisa roja en homenaje a Elsa Martinelli en  una de mis pelis favoritas, Hatari,  pero ni por esas. Veo todo tipo de huellas que no identifico. El Ranger las examnina y nos cuenta historias de cómo los leones se comieron a compañeros suyos; no se puede volver al lodge con un turista menos, si la cosa se pone fea, delante se pondrán ellos. Entre cebras,  jirafas, hipopótamos  sumergidos, rinocerontes y toda la colección de  antílopes, el sol se pone a toda velocidad, el horizonte se enciende y el cielo resplandece en todos los tonos posibles de rojos y naranjas.

Ya volviendo al lodge,  como si los oliera de lejos, el Ranger nos lleva directamente a una manada de elefantes jóvenes justo al lado de nuestro alojamiento. Están  tranquilos comiendo, me sonríe el cuerpo entero cuando les veo, es mi animal favorito en este despiadado ecosistema. Ningún otro animal vela el cadaver de un miembro de la manada hasta que se descompone, si los leones se acercaran a comérselo, les echarían con esa fuerza y esa determinación que solo da una situación desesperada y nunca matarían a un miembro de su propia especie. Me parecen más humanos que los humanos tantas veces.

Me acuesto como siempre con las cortinas abiertas de par en par y la ventana un poco abierta. No me quiero perder nada, ni el concierto que se celebra en la charca por la noche, ni la lenta orgía de estrellas, ni el frío, ni el escandaloso espectáculo del amanecer. Lástima que haya que volver tan pronto a casa.
En otra vida, me hubiera gustado ser exploradora, de las de antes, sin pertenecer a la National Geographic Society por si acaso les hubiera dado por encorsetar mis planes. Una de esas exploradoras que montara a caballo, volara un biplano de tela de cabina abierta ( por supuesto ), disparara perfectamente y hablara varios idiomas, a lo Lawrence de Arabia. 


Nací y me crié en Aluche donde lo más salvaje que veía eran los patos del parque y las litronas que me encontraba los fines de semana por la calle. Hasta que me hice scout y probé lo que para mí era la AUTÉNTICA VIDA :

-bañarme en el río

-subirme a los árboles

-caminar entre montañas durante horas

-construir un campamento con maderas 

-contar historias junto al fuego

– dormir al raso o en una tienda de campaña


Todo el año esperaba con ansia ese momento y cuando volvía a casa era lo más parecido a un animalillo sin domesticar, había perdido los modales, mi melena era un nido de cigüeñas, los chorretes y cardenales no dejaban ver las piernas, estaba llena de arañazos, raspones y picaduras pero me sentía más viva que nunca.

Todos los años lloraba cuando el autobús nos dejaba de vuelta en la explanada frente al colegio y mi madre me preparaba un baño caliente con MOUSSEL ( que hacía mucha espuma ) para consolarme.

Cuando acabó aquel viaje de un mes, que fue mi viaje de novios, yo no quería volver a casa, quería seguir cruzando África y cada vez que vuelvo me pasa lo mismo, quiero seguir y seguir… HACIA LO SALVAJE. 


WILD THING… YOU MAKE MY HEART SING
como dirían The Troggs.

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