Big in Japan 

Mi viaje a Tokio comenzó mucho antes de cerrar las puertas del avión.

Los grandes acontecimientos de la vida se gestan, a menudo, antes de lo que pensamos. Se planta una semilla dentro de nosotros en forma de anhelo y va creciendo con los años y los vaivenes del universo, alimentándose de lecturas, de imágenes, de sabores, de sonidos.  Hasta que un día, de repente, florece y entonces tocas la delicada seda de un kimono por primera vez, paseas por un jardín como tantos que has recreado en tu cabeza, bebes sake en una taberna apretada del Golden Gai, hueles los atunes en la lonja a las 4 de la mañana y le rezas a no se qué en el templo sintoísta de los guerreros Samurais.


A Japón comencé a viajar hace años, con las pelis de Kurosawa, la prosa poética de Kawabata, el sushi de mi primer restaurante japonés y las ilustraciones de Hokusai. Cada libro me llevaba a otro más poético todavía… La Novela de Gengi,  El Rumor del Oleaje de Mishima, El Elogio de la Sombra de Tanizaki, El grito silencioso de Kenzaburo Oé… y  cada peli a otra de belleza aún más inquietante… Takeshi Kitano ( Zatoichi ) , Yasugiro Ozu (Cuentos de Tokio ), Koreeda ( Mi Hermana Pequeña )…

Ahora, cada vez que pongo las 10 ruedas de mi avión en la pista de Narita, me lleno de emoción, algo que también me pasa en La Habana o en Nueva York,  pero Japón tiene todavía para mí ese toque de lejano exotismo, una atracción brutal  para la que no tengo explicación. Quizá nos fascina aquello que no entendemos, lo tremendamente diferente.

Japón es contraste. Modernidad y tradición, pulcritud y degeneración, son robots y los más bellos parques. Es respeto a los ancestros y ciencia ficción, es el Fuji en erupción y el azote del oleaje del Pacífico. Tokio es a la vez Blade Runner y Geishas por la calle, disfrazarte de doncella en un karaoke desgañitándote  y al día siguiente inclinar la cabeza en señal de respeto a la entrada de un templo de una religión que adora al viento. Es el código Samurai y las máquinas de bragas usadas en la calle.


Me fascina esa sensación de no entender absolutamente nada de lo que pone en un cartel, entrar en una taberna y señalar lo que está comiendo el de al lado porque nadie habla inglés, tener que aprender nuevos códigos de comportamiento porque los tuyos, europeos, no sirven para nada en el IMPERIO DEL CRISANTEMO. Me fascina el respeto, el silencio que reina en las calles abarrotadas, el detalle en todo lo que hacen desde envolver un paquete a enderezar un árbol torcido en un parque. No se ve un papel en la calle, ni un chicle, ni un excremento de animal, ni una colilla aplastada en el asfalto y tampoco se ven besos apasionados cruzando la calle, ni abrazos, ni gritos de entusiasmo.

En japonés hay palabras sencillas para conceptos que nosotros necesitaríamos una frase entera para describir y leyendas que explican toda la magia de la vida. 


Están completamente conectados con la naturaleza, sincronizados con las estaciones y viven su presente enraizados en el pasado, sin dejar de mirar al futuro. Son los maestros en descubrir la belleza de las pequeñas cosas, dentro de las imperfecciones de la vida según el concepto Wabi Sabi.

A Japón comencé a viajar hace muchos años,  pero ahora, cada vez que llego de allí, solo quiero VOLVER, VOLVER, VOLVER, como dice el mariachi.

6 comentarios sobre “Big in Japan 

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